Evitar el dolor es sabio

Evitar el dolor

Todos los seres vivientes estamos diseñados para evitar instintivamente el dolor. 

Mantenerse alejado de situaciones dolorosas es sabiduría instintiva. Eludir situaciones de las que podemos salir lastimados es hacer uso de las habilidades naturales con que contamos por el simple hecho de haber nacido. ¡Uno no apoya la mano en la tapa del horno si sabe que está caliente y se va a quemar! Sin embargo, si el dolor ya se está manifestando, es muy tarde para evitarlo. Debemos salir a su encuentro, permitirle entrar.

Ésta es la clave para transformar el dolor, sanarse rápidamente y vivir una vida libre de sufrimiento. Cualquiera puede ver la diferencia entre los adultos civilizados, por un lado, y los animales y los niños pequeños, con respecto a cómo se relacionan con el dolor. Si un niño pequeño siente tristeza, llora. Si siente cólera, grita. Si siente miedo, tiembla. De este modo, los niños honran lo que están sintiendo. Cuando los niños sienten dolor se permiten experimentar esa sensación o sentimiento (porque aún no han aprendido a hacer lo contrario); dejan que su cuerpo procese naturalmente lo “no placentero” (llorando, gritando o sacudiéndose); exageran: intensifican lo que sienten tanto como pueden, hasta que pasa; finalmente se relajan. Minutos más tarde, actúan como si nada hubiera sucedido y vuelven a jugar.

En los adultos civilizados, este proceso es notablemente distinto. Son expertos en deshonestidad emocional y en pretender que no sienten lo que sienten. Cuando están tristes, se dicen a sí mismos y a los demás: “No pasa nada”. Cuando están enojados, se dicen a sí mismos y a los demás: “Está todo bien”. Cuando tienen miedo, actúan como si todo estuviera bajo control.

Cuando describimos un sentimiento como negativo, estamos resistiendo su existencia. Cuando negamos algo que sentimos y nos juzgamos por sentirlo, estamos negando una parte genuina de nosotros mismos.


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