Vergüenza y exceso de empatía.

Un camino hacia la Autoestima

Uno de los principales obstáculos para la sanación es la vergüenza inauténtica, o provocada externamente, cuando no comprendemos su verdadero propósito.  Otro obstáculo sorprendente e inesperado es la empatía.  La empatía es maravillosa, pero puede ser un problema si la sentimos únicamente para otras personas y no por nosotros mismos.

El aspecto problemático de la empatía es que, si no la practicamos bien, sólo tiene que ver con el otro y no con uno mismo. Si lo que hacemos tiene que ver con nosotros, parece que no fuera empatía sino egoísmo.

Por otro lado, demasiada empatía puede hacernos dedicar tanto tiempo a satisfacer las necesidades de los otros que lleguemos a desconectarnos y a perder la empatía por nosotros mismos, pues lo más probable es que no le des prioridad a la autoaceptación y que no te des mucha importancia a ti mismo.

Las personas hiper-empáticas ni siquiera saben lo que realmente quieren, porque están ocupados atendiendo a los demás, así que el trabajo consiste en recuperar el sentido del yo y empezar a comprender su propia voz, su punto de vista personal y el sentido de lo que es verdad e importante para él.

EL otro gran obstáculo para la autoaceptación es la vergüenza. La función de la vergüenza es supervisar tu comportamiento, si lo que haces es beneficioso, si cumples con lo que has acordado hacer, si lo que haces está de acuerdo con tu código moral.  La vergüenza que no es sana y auténtica puede ser hiper crítica y autoritaria porque se basa en códigos de valores muy estrictos y poco flexibles.  La vergüenza no sana puede ser brutal y convertir la autoaceptación en una opción poco probable.  Este tipo de vergüenza no sabe cómo trabajar con las personas ni contigo mismo y no sabe hacer las cosas con una mirada compasiva.  La vergüenza sana, por otro lado, no impone o critica sino pregunta, cuestiona ¿es realmente seguro hacer o decir esto? Siempre consulta contigo mismo.

Nota que el mensaje de la vergüenza sana se enfoca en la acción, en lo que has hecho, no en tu ser.  No te grita, ni te insulta.  Se centra en la acción y en lo que puedes hacer para reparar cuando has cometido un error.

El problema con la vergüenza es que muchos conocimos su existencia siendo avergonzados.  Desde que fuimos pequeños oímos todo tipo de cosas desagradables sobre nosotros mismos. Nos lo decían nuestros padres u otras figuras de autoridad.  Los mensajes que escuchábamos podrían ser: “no me respondas, porque el que sabe cómo son las cosas soy yo”, “debes ser mejor, esforzarte más”, “me avergüenzas” etc.

Estos mensajes falsos se nos quedan grabados y desarrollamos creencias en función de ellos.  De alguna manera empezamos a pensar que hay algo “malo” en nosotros.   En cambio, cuando adoptamos una mirada empática hacia la vergüenza y comprendemos su verdadero propósito podemos decir: “este sonrojo o esta incapacidad de hablar y esta sensación de peligro son sólo señales de mi vergüenza que me dice: cuidado”.


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